¿Qué fue de ese poema que no pude atrapar, el que pasó rengueando frente a mí con las alitas rotas?

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domingo, julio 18, 2010

Tu nombre...

Una palabra como sobresalto del silencio.
Una sola. Suficiente. Detenida. Nombradora.
Que viaje hasta sus manos, que delate sus ojos.
El nombre. Ese. El suyo.
Repetido y repetido como salmo,
que trace el boceto, organice,
reúna sus partes. Que de eso se trata.
De ponerlo sobre, a los lados, al frente.
Así. Ineludible.
Como aire agua tierra fuego.
Léase: yo iba ensombrado, huído de mí.
Una, la de la palabra con su nombre
me subió a la vida me resucitó.


Marcos Silber.

miércoles, febrero 17, 2010

Subamos a la vida...

El (yo) te soñaba como cierta, tanto como te siento ahora, en este cierto soñar. Porque es de no creer, Lobita, de no creer. Es una aparición me digo, un sublime, precioso fantasma, la maldad de un perverso juego de desencanto. Pero no. Es verdad, tanto como la luz que se festeja sobre tu cuerpo. Entonces es el desconcierto. Me pregunto (yo) ¿qué?, ¿por dónde te comienzo? Me digo, es una demasía, un asalto de océano sobre mí. Es verdad, me repito. Y nada más cabe que admitirlo, recibirte y sentarme a tu mesa para el banquete donde nada tuyo dejaré de devorar. Adelante, llovete sobre mí y sobre mí dejate caer. Hacete cielo y tierra y todo de nada. Loba mía de mí. Gana la noche afuera, vienen matando afuera. Vuelven los carniceros de Guernica. Lobita no te detengas. Subamos a la vida. Abrí tus brazos para cerrarme entre ellos y tus piernas abrí para cerrarme también. Loba de todo momento; no me des tregua, no te apiades de mí; vení y vení y dejame que vaya y vaya; y como uno, rodemos los dos. Lobita no te detengas. Que nada me impida besar tus dos bocas, quitártelas, llevarlas conmigo. Que nada intercepte mis viajes de una a otra. Y en ellas vaciarme, volcarte las espumas que me hierven. Afuera gana la noche. Afuera vienen matando. Vuelven los carniceros de Guernica. Subamos a la vida. Lobita no te detengas. No dejes de hamacar tu carne, no dejes de apresarme ni dejes de llevarme hasta tu caldera de más adentro. No te desbordes, no te concluyas, no te apagues, no te extingas. Dame, te cerco. Recibime, te tumbo. Entrame, te rompo. Tragame, te abismo. No te salgas, no me quites. Te desvivo, te reúno. Galopame, recorreme, subime. Asaltame, despertá mis piedras más ocultas; llamá a todas mis puertas, avivame los muertos; encendémelo todo, de los socavones al altillo. Gana la noche afuera. Vienen matando afuera. Vuelven los carniceros de Guernica. Subamos a la vida. Lobita no te detengas. No dejes de foguearme, de azotarme las cenizas. Y no dejes de jadear. Así. Ahora. Con ese rugido de diosa salvaje. Para arriba, para más por el aire, por los cielos tu grito de guerra, de carga final, de victoria.



De Marcos Silber.

martes, enero 12, 2010

Apunto: Atardece en tus ojos.
Claro, el poema demanda más.
Pide, requiere más. La visita al menos
de un pan de cristal, un viento de algas,
la palabra temblorosa de un caballo enamorado,
el asombro al menos.
Pero en verdad, para el ojo de mi corazón
el atormentado por los azotes de tu amor
resulta suficiente. Nada más pide,
se complace todo, se contenta;
desborda, canta, baila
con la gala, la sublime
de un plácido atardecer en tus ojos.





Marcos Silber.

sábado, diciembre 12, 2009

Plan de Operaciones...

Mirar intensamente tus ojos hasta vacíarlos;
tomar tus manos, retenerlas hasta cenizas,
cercarte el cuerpo hasta expropiarlo
hasta que te salgas, te dejes de vos
te pases a mí, te me agregues.



Marcos Silber