¿Qué fue de ese poema que no pude atrapar, el que pasó rengueando frente a mí con las alitas rotas?
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jueves, marzo 13, 2014
martes, abril 23, 2013
Nada más existe.
...Si tu pie izquierdo te duele, mi pie derecho empezará a dolerme, si la vida te asfixia, mi respiración también se detendrá, si hay un abismo en tu forma de expresar el amor, yo no podré extender mis alas a todo lo que dan para amar, si tú vendes tu alma al Diablo, dagas en mi pecho también se encajarán...
Nos abrazamos,
nosotros existimos,
estamos existiendo,
nada más existe.
Fragmento de "Shangai Baby"
Wei Hui
domingo, septiembre 02, 2012
A veces pasa...
"...Pero Matilde pertenecía también a la tribu de los que sienten culpa cuando no sufren. Le habían metido en la cabeza que "sin sacrificio no hay beneficio" y, por lo tanto, que gozar era estar en falta y que solo se avanzaba sufriendo. Cuando el motivo central de un gran dolor espiritual desaparaceía, su cuerpo buscaba otro como si lo extrañara. Siempre tenía que macerar un sufrimiento en ciernes, no fuera cosa que estuviera haciendo algo mal y el destino la pasara a degüello. El sufrimiento descarga una adrenalina que es adictiva. Cuando falta el sufrimiento, hay un síndrome de abstinencia: inquietud, angustia, pánico. Algunas personas que dejan de sufrir echan de menos a su gran enemigo, y buscan uno nuevo que lo reemplace. Buscan un sufrimiento flamante para volver a sufrir tranquilas...."
"Cenando con dos neúroticos", del libro Las mujeres más solas del mundo. - Jorge Fernández Díaz
"Cenando con dos neúroticos", del libro Las mujeres más solas del mundo. - Jorge Fernández Díaz
Etiquetas:
Fragmentos Libros,
Jorge Fernández Díaz
martes, octubre 11, 2011
Causa y sinrazón de los celos
Hay buenos muchachitos, con metejones de primera agua, que le amargan la vida a sus respectivas novias promoviendo tempestades de celos, que son realmente tormentas en vasos de agua, con lluvias de lágrimas y truenos de recriminaciones.
Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son inteligentes, aún cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal sentimiento, porque saben que la exposición de semejante debilidad las entrega atadas de pies y manos al fulano que les sorbió el seso. De cualquier manera; el sentimiento de los celos es digno de estudio, no por los disgustos que provoca, sino por lo que revela en cuanto a psicología individual.
Puede establecerse esta regla:
Cuanto menos mujeres ha tratado un individuo, más celoso es.
La novedad del sentimiento amoroso conturba, casi asusta, y trastorna la vida de un individuo poco acostumbrado a tales descargas y cargas de emoción. La mujer llega a constituir para este sujeto, un fenómeno divino, exclusivo. Se imagina que la suma de felicidad que ella suscita en él, puede proporcionársela a otro hombre; y entonces Fulano se toma la cabeza, espantado al pensar que toda "su" felicidad, está depositada en esa mujer, igual que un banco. Ahora bien, en tiempos de crisis, ustedes saben perfectamente que los señores y señoras que tienen depósitos en instituciones bancarias, se precipitan a retirar sus depósitos, poseídos de la locura del pánico. Algo igual ocurre con el celoso. Con la diferencia que él piensa que si su "banco" quiebra, no podrá depositar su felicidad ya en ninguna parte. Siempre ocurre esta catástrofe mental con los pequeños financieros sin cancha y los pequeños enamorados sin experiencia.
Frecuentemente, también, el hombre es celoso de la mujer cuyo mecanismo psicológico no conoce. Ahora bien: para conocer el mecanismo psicológico de la mujer, hay que tratar a muchas, y no elegir precisamente a las ingenuas para enamorarse, sino a las "vivas", las astutas y las desvergonzadas, porque ellas son fuente de enseñanzas maravillosas para un hombre sin experiencia, y le enseñan (involuntariamente, por supuesto) los mil resortes y engranajes de que "puede" componerse el alma femenina. (Conste que digo "de que puede componerse", no de que se compone.)
Los pequeños enamorados, como los pequeños financistas, tienen en su capital de amor una sensibilidad tan prodigiosa, que hay mujeres que se desesperan de encontrarse frente a un hombre a quien quieren, pero que les atormenta la vida con sus estupideces infundadas.
Los celos constituyen un sentimiento inferior, bajuno. El hombre, cela casi siempre a la mujer que no conoce, que no ha estudiado, y que casi siempre es superior intelectualmente a él. En síntesis, el celo es la envidia al revés.
Lo más grave en la demostración de los celos es que el individuo, involuntariamente, se pone a merced de la mujer. La mujer en ese caso, puede hacer de él lo que se le antoja. Lo maneja a su voluntad. El celo (miedo de que ella lo abandone o prefiera a otro) pone de manifiesto la débil naturaleza del celoso, su pasión extrema, y su falta de discernimiento. Y un hombre inteligente, jamás le demuestra celos a una mujer, ni cuando es celoso. Se guarda prudentemente sus sentimientos; y ese acto de voluntad repetido continuamente en las relaciones con el ser que ama, termina por colocarle en un plano superior al de ella, hasta que al llegar a determinado punto de control interior, el individuo "llega a saber que puede prescindir de esa mujer el día que ella no proceda con él como es debido".
A su vez la mujer, que es sagaz e intuitiva, termina por darse cuenta de que con una naturaleza tan sólidamente plantada no se puede jugar, y entonces las relaciones entre ambos sexos se desarrollan con una normalidad que raras veces deja algo que desear, o terminan, para mejor tranquilidad de ambos.
Claro está que para saber ocultar diestramente los sentimientos subterráneos que nos sacuden, es menester un entrenamiento largo, una educación de práctica de la voluntad. Esta educación "práctica de la voluntad" es frecuentísima entre las mujeres. Todos los días nos encontramos con muchachas que han educado su voluntad y sus intereses de tal manera que envejecen a la espera de marido, en celibato rigurosamente mantenido. Se dicen: "Algún día llegará". Y en algunos casos llega, efectivamente, el individuo que se las llevará contento y bailando para el Registro Civil, que debía denominarse "Registro de la Propiedad Femenina".
Sólo las mujeres muy ignorantes y muy brutas son celosas. El resto, clase media, superior, por excepción alberga semejante sentimiento.
Durante el noviazgo muchas mujeres aparentan ser celosas; algunas también lo son, efectivamente. Pero en aquellas que aparentan celos, descubrimos que el celo es un sentimiento cuya finalidad es demostrar amor intenso inexistente, hacia un bobalicón que sólo cree en el amor cuando el amor va acompañado de celos. Ciertamente, hay individuos que no creen en el afecto, si el cariño no va acompañado de comedietas vulgares, como son, en realidad, las que constituyen los celos, pues jamás resuelven nada serio.
Las señoras casadas, al cabo de media docena de años de matrimonio (algunas antes), pierden por completo los celos. Algunas, cuando barruntan que los esposos tienen aventurillas de géneros dudosos, dicen, en círculos de amigas:
- Los hombres son como los chicos grandes. Hay que dejar que se distraigan. También una no los va a tener todo el día pegados a las faldas...
Y los "chicos grandes" se divierten. Más aún, se olvidan de que un día fueron celosos...
Pero éste, es tema para otra oportunidad.
Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son inteligentes, aún cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal sentimiento, porque saben que la exposición de semejante debilidad las entrega atadas de pies y manos al fulano que les sorbió el seso. De cualquier manera; el sentimiento de los celos es digno de estudio, no por los disgustos que provoca, sino por lo que revela en cuanto a psicología individual.
Puede establecerse esta regla:
Cuanto menos mujeres ha tratado un individuo, más celoso es.
La novedad del sentimiento amoroso conturba, casi asusta, y trastorna la vida de un individuo poco acostumbrado a tales descargas y cargas de emoción. La mujer llega a constituir para este sujeto, un fenómeno divino, exclusivo. Se imagina que la suma de felicidad que ella suscita en él, puede proporcionársela a otro hombre; y entonces Fulano se toma la cabeza, espantado al pensar que toda "su" felicidad, está depositada en esa mujer, igual que un banco. Ahora bien, en tiempos de crisis, ustedes saben perfectamente que los señores y señoras que tienen depósitos en instituciones bancarias, se precipitan a retirar sus depósitos, poseídos de la locura del pánico. Algo igual ocurre con el celoso. Con la diferencia que él piensa que si su "banco" quiebra, no podrá depositar su felicidad ya en ninguna parte. Siempre ocurre esta catástrofe mental con los pequeños financieros sin cancha y los pequeños enamorados sin experiencia.
Frecuentemente, también, el hombre es celoso de la mujer cuyo mecanismo psicológico no conoce. Ahora bien: para conocer el mecanismo psicológico de la mujer, hay que tratar a muchas, y no elegir precisamente a las ingenuas para enamorarse, sino a las "vivas", las astutas y las desvergonzadas, porque ellas son fuente de enseñanzas maravillosas para un hombre sin experiencia, y le enseñan (involuntariamente, por supuesto) los mil resortes y engranajes de que "puede" componerse el alma femenina. (Conste que digo "de que puede componerse", no de que se compone.)
Los pequeños enamorados, como los pequeños financistas, tienen en su capital de amor una sensibilidad tan prodigiosa, que hay mujeres que se desesperan de encontrarse frente a un hombre a quien quieren, pero que les atormenta la vida con sus estupideces infundadas.
Los celos constituyen un sentimiento inferior, bajuno. El hombre, cela casi siempre a la mujer que no conoce, que no ha estudiado, y que casi siempre es superior intelectualmente a él. En síntesis, el celo es la envidia al revés.
Lo más grave en la demostración de los celos es que el individuo, involuntariamente, se pone a merced de la mujer. La mujer en ese caso, puede hacer de él lo que se le antoja. Lo maneja a su voluntad. El celo (miedo de que ella lo abandone o prefiera a otro) pone de manifiesto la débil naturaleza del celoso, su pasión extrema, y su falta de discernimiento. Y un hombre inteligente, jamás le demuestra celos a una mujer, ni cuando es celoso. Se guarda prudentemente sus sentimientos; y ese acto de voluntad repetido continuamente en las relaciones con el ser que ama, termina por colocarle en un plano superior al de ella, hasta que al llegar a determinado punto de control interior, el individuo "llega a saber que puede prescindir de esa mujer el día que ella no proceda con él como es debido".
A su vez la mujer, que es sagaz e intuitiva, termina por darse cuenta de que con una naturaleza tan sólidamente plantada no se puede jugar, y entonces las relaciones entre ambos sexos se desarrollan con una normalidad que raras veces deja algo que desear, o terminan, para mejor tranquilidad de ambos.
Claro está que para saber ocultar diestramente los sentimientos subterráneos que nos sacuden, es menester un entrenamiento largo, una educación de práctica de la voluntad. Esta educación "práctica de la voluntad" es frecuentísima entre las mujeres. Todos los días nos encontramos con muchachas que han educado su voluntad y sus intereses de tal manera que envejecen a la espera de marido, en celibato rigurosamente mantenido. Se dicen: "Algún día llegará". Y en algunos casos llega, efectivamente, el individuo que se las llevará contento y bailando para el Registro Civil, que debía denominarse "Registro de la Propiedad Femenina".
Sólo las mujeres muy ignorantes y muy brutas son celosas. El resto, clase media, superior, por excepción alberga semejante sentimiento.
Durante el noviazgo muchas mujeres aparentan ser celosas; algunas también lo son, efectivamente. Pero en aquellas que aparentan celos, descubrimos que el celo es un sentimiento cuya finalidad es demostrar amor intenso inexistente, hacia un bobalicón que sólo cree en el amor cuando el amor va acompañado de celos. Ciertamente, hay individuos que no creen en el afecto, si el cariño no va acompañado de comedietas vulgares, como son, en realidad, las que constituyen los celos, pues jamás resuelven nada serio.
Las señoras casadas, al cabo de media docena de años de matrimonio (algunas antes), pierden por completo los celos. Algunas, cuando barruntan que los esposos tienen aventurillas de géneros dudosos, dicen, en círculos de amigas:
- Los hombres son como los chicos grandes. Hay que dejar que se distraigan. También una no los va a tener todo el día pegados a las faldas...
Y los "chicos grandes" se divierten. Más aún, se olvidan de que un día fueron celosos...
Pero éste, es tema para otra oportunidad.
Roberto Arlt
miércoles, septiembre 15, 2010
Ay Cielito, Cielito!
"Erotomanía: la sufro. Soy conciente de eso, pero solamente cuando me aíslo, me alejo y me desdoblo. Sólo así puedo entender que quizá no es tan importante, no es trágico o que tal cuestión no merece mi muerte. Sólo cuando me veo desde afuera, y en general cuando logro un desdoblamiento, ya es demasiado tarde para tomar decisiones. Con seguridad ya las tomé y sin duda erróneamente. Cuando no soy conciente de mi condición, el mundo se deshace por un llamado que no llegó o proque se canceló una ida al cine.
Los cambios de planes no son aceptables en mi vida. Si vamos a hacer tal cosa, la hacemos. No hay por qué arrepentirse. De allí que cada vez que Alejo me deja plantada, mi mente trabaja hasta encontrar respuestas que me hagan infeliz. Casi todas ellas una mujer, una nueva amante, pocas ganas de verme o la decisión definitiva de dejar de quererme. Todas ellas me alarman y siento un dolor tan hondo, tan profundo como una lanza surcada en el estómago. Y me invade una desesperanza que más parece una descarga eléctrica poderosísima que me deja nublada, ciega, somnolienta, imbécil, destartalada. Sin poder de decisión, inactiva e imperante: necesito dormir, morirme o que me maten. Y si no, sufro otra descarga eléctrica y me quedo dormida al poco tiempo.
Así funciono, por peor que suene. ¿Cómo puedo amar y odiar a una misma persona? Fácil: Alejo me da lo que quiero o me autoconvenzo de estar satisfecha con lo que me da o le mendigo y acepta entregar a modo de limosna. Y por otro lado (me considero un vivíparo pensante) a veces, pocas veces, tomo conciencia de la irracionalidad de lo que hago, de la impotencia que encarno, de lo patético de mis actitudes, y comienzo a pensar y eso me hace odiarlo.
La electricidad me hace odiarlo y me hace dormir. Generalmente cuando me despierto, no recuerdo por qué lloré tanto y cuando logro saber por qué, aún no lo entiendo. No puedo ponerme en mis propios zapatos. Como si esa noche de sueños rotos me hubiera borrado todo registro de empatía conmigo misma. Al despertar, la pena aparece reducida y hasta minimizada. Nada más que eso. Alejo no asume culpas, no le inculpo nada, yo vuelvo a ser el feliz arlequín que alegra la vida de los otros y comienza una vez más todo cuando me doy cuenta de que no es suficiente para mí, que necesito más, que no estoy bien. Así es como se ama y se odia a alguien hasta límites insospechados.
Tiempo después mi analista me obligó a no desentenderme de mi pena: "Y vas a venir, aunque supongas que es algo resuelto. Con vos es siempre lo mismo. En un momento estás muriendo y al día siguiente, como lograste taparlo (ahogarlo, al sentimiento de muerte súbita), hacés como si nada hubiera ocurrido, olvidando el asunto por completo." Néstor, tenes razón. Siempre ahogo mis sensaciones, mis deseos, mis sentimientos, mis miserias y alegrías. Lo suprimo todo, eternamente, porque es menos doloroso dejar de sentir."
Los cambios de planes no son aceptables en mi vida. Si vamos a hacer tal cosa, la hacemos. No hay por qué arrepentirse. De allí que cada vez que Alejo me deja plantada, mi mente trabaja hasta encontrar respuestas que me hagan infeliz. Casi todas ellas una mujer, una nueva amante, pocas ganas de verme o la decisión definitiva de dejar de quererme. Todas ellas me alarman y siento un dolor tan hondo, tan profundo como una lanza surcada en el estómago. Y me invade una desesperanza que más parece una descarga eléctrica poderosísima que me deja nublada, ciega, somnolienta, imbécil, destartalada. Sin poder de decisión, inactiva e imperante: necesito dormir, morirme o que me maten. Y si no, sufro otra descarga eléctrica y me quedo dormida al poco tiempo.
Así funciono, por peor que suene. ¿Cómo puedo amar y odiar a una misma persona? Fácil: Alejo me da lo que quiero o me autoconvenzo de estar satisfecha con lo que me da o le mendigo y acepta entregar a modo de limosna. Y por otro lado (me considero un vivíparo pensante) a veces, pocas veces, tomo conciencia de la irracionalidad de lo que hago, de la impotencia que encarno, de lo patético de mis actitudes, y comienzo a pensar y eso me hace odiarlo.
La electricidad me hace odiarlo y me hace dormir. Generalmente cuando me despierto, no recuerdo por qué lloré tanto y cuando logro saber por qué, aún no lo entiendo. No puedo ponerme en mis propios zapatos. Como si esa noche de sueños rotos me hubiera borrado todo registro de empatía conmigo misma. Al despertar, la pena aparece reducida y hasta minimizada. Nada más que eso. Alejo no asume culpas, no le inculpo nada, yo vuelvo a ser el feliz arlequín que alegra la vida de los otros y comienza una vez más todo cuando me doy cuenta de que no es suficiente para mí, que necesito más, que no estoy bien. Así es como se ama y se odia a alguien hasta límites insospechados.
Tiempo después mi analista me obligó a no desentenderme de mi pena: "Y vas a venir, aunque supongas que es algo resuelto. Con vos es siempre lo mismo. En un momento estás muriendo y al día siguiente, como lograste taparlo (ahogarlo, al sentimiento de muerte súbita), hacés como si nada hubiera ocurrido, olvidando el asunto por completo." Néstor, tenes razón. Siempre ahogo mis sensaciones, mis deseos, mis sentimientos, mis miserias y alegrías. Lo suprimo todo, eternamente, porque es menos doloroso dejar de sentir."
Fragmentito de "Abzurdah" de Cielo Latini.
lunes, mayo 17, 2010
¡Cuánta verdad!
Así el Principito domesticó al zorro, pero cuando se acercó la hora de la partida:
-¡Ah! Creo que voy a llorar -dijo el zorro.
-Tuya es la culpa -le dijo el Principito- No deseaba hacerte daño, pero quisiste que te domesticara.
-Sí -dijo el zorro.
-Pero vas a llorar.
-Sí.
-Entonces, no has ganado nada.
-Sí, gano -dijo el zorro-, por el color del trigo.
Luego, agregó:
-Anda y mira nuevamente las rosas, comprenderás que la tuya es única en el mundo, y luego volverás para decirme adiós, y yo te diré un secreto.
El Principito fue nuevamente a ver a las rosas:
-No son en absoluto parecidas a mi rosa, ustedes no son nada aún -les dijo-. Nadie las ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Son como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros, pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Y las rosas se sintieron molestas.
-Son bellas, pero están vacías -agregó todavía- No se puede morir por vosotras. Un transeúnte común creerá que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, porque es ella la rosa a quien yo regué. Porque es la rosa a quien puse bajo un globo. Porque es la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es la rosa cuyas orugas maté, salvo las dos o tres que se hicieron mariposas. Porque es ella la rosa a quien escuché quejarse, alabarse, o aún, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa.
Y después volvió donde el zorro.
-Adiós -dijo.
-Adiós -dijo el zorro- He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien si no es con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos.
-Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el Principito, a fin de acordarse.
-El tiempo que perdiste por tu rosa, es lo que hace que tu rosa sea tan importante para ti.
-El tiempo que perdí por mi rosa...
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro- Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa.
-Soy responsable de mi rosa.

-¡Ah! Creo que voy a llorar -dijo el zorro.
-Tuya es la culpa -le dijo el Principito- No deseaba hacerte daño, pero quisiste que te domesticara.
-Sí -dijo el zorro.
-Pero vas a llorar.
-Sí.
-Entonces, no has ganado nada.
-Sí, gano -dijo el zorro-, por el color del trigo.
Luego, agregó:
-Anda y mira nuevamente las rosas, comprenderás que la tuya es única en el mundo, y luego volverás para decirme adiós, y yo te diré un secreto.
El Principito fue nuevamente a ver a las rosas:
-No son en absoluto parecidas a mi rosa, ustedes no son nada aún -les dijo-. Nadie las ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Son como era mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros, pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Y las rosas se sintieron molestas.
-Son bellas, pero están vacías -agregó todavía- No se puede morir por vosotras. Un transeúnte común creerá que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas vosotras, porque es ella la rosa a quien yo regué. Porque es la rosa a quien puse bajo un globo. Porque es la rosa a quien abrigué con el biombo. Puesto que es la rosa cuyas orugas maté, salvo las dos o tres que se hicieron mariposas. Porque es ella la rosa a quien escuché quejarse, alabarse, o aún, algunas veces, callarse. Porque ella es mi rosa.
Y después volvió donde el zorro.
-Adiós -dijo.
-Adiós -dijo el zorro- He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien si no es con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos.
-Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el Principito, a fin de acordarse.
-El tiempo que perdiste por tu rosa, es lo que hace que tu rosa sea tan importante para ti.
-El tiempo que perdí por mi rosa...
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro- Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa.
-Soy responsable de mi rosa.

"El Principito" de A. de Saint-Exupéry.
sábado, diciembre 26, 2009
domingo, diciembre 20, 2009

"...Necesita sentirse querida, pero nunca encontró quien le extendiese la mano sin reservas. No puede despertar sentimientos porque está obligada a ocultar que los tiene, pero necesita saberse querida y saber que despierta algún tipo de sentimiento en los demás. En su transparencia, no provoca nada, ni siquiera misterio en torno al personaje que se ha visto obligada a crear para sobrevivir en un mundo que le es adverso. ¿A quién puede rogar que la quiera? ¿A quién puede suplicar unas migajas de amor, si su padre le hace creer en la orfandad y su madre en la caridad, en la lástima? Cuando alguna noche se despierta porque nota que tiene mojada la cara, y descubre que está llorando, enciende la luz y se levanta para no pensar en lo sola que está. Necesita ser querida, sea por quien sea, por alguien. Se compraría un perro si no estuviera segura de que ese papel, en su vida, lo representa ella..."
De "Si tu supieras" de Antonio Gómez Rufo.
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